Gorgona
Las palabras reflejadas una y otra vez en mi escudo me impulsan seguir adelante, tantas veces son las que he escuchado aquella historia empolvada ahora por los años, tantos eran los hombres que había visto desfilar hacia su muerte, aunque estoy seguro que esta vez será distinto, el destino sonríe y marca las piedras en mi favor. Contados tiene los minutos aquel mounstro de melena serpentina. Y será mi propia espada la que acabará con aquel maleficio.
El sol ha desaparecido, pero la luna todavía me acompaña, hacen semanas desde el último atardecer que vi caer detrás de mi comarca, y poco a poco los días dejan de tener nombre. Mis pies alados conducen el camino hasta las orillas de mar Egeo donde se encuentra resguardado el bosque de las ninfas, al verme aterrizar, cientos de pequeñas hadas se acercan curiosas para rozar mi joven piel, es tan suave, tan tersa, que muchas se estremecen solo con pensarlo.
Al notarme herido a causa del rápido descenso, las veo revolotear, al principio sin sentido, luego, haciendo una especie de círculos a mí alrededor, de esta forma e invocando cantos mágicos curan mis lesiones. Sirven ante mí deliciosas frutas y agua brotada de manantiales secretos, me dan consejos sobre el camino menos peligroso para llegar hasta mi incierto destino.
Han pasado algunas horas y lentamente despierta la noche, las ninfas más hermosas jamás antes vistas se hacen visibles ante mis ojos advirtiéndome el peligro de la misión, tratan de persuadirme, desnudando y bañando mi cuerpo con flores perfumadas, hilan mis cabellos con alas de mariposa luego de amasar suavemente mis pies. Sin conseguir calentar mis deseos, poco a poco, una a una, se desvanecen.
La noche ha cubierto por entero el cielo, y sin intentarlo, caigo suavemente en los brazos eternos de Morfeo, sueño con sombras difíciles de distinguir, son hadas, que poco a poco se transforman en demonios hambrientos, de feroces garras abridoras de zanjas que la tierra celosamente deja al descubierto para respirar. Siento como, sin tocarme, los demonios arrastran violentamente mi cuerpo hacia las fauces del infierno, donde, para mi sorpresa, no hierve la lava incandescente que había aprendido desde pequeño, sino, me encuentro frente a frente con mis miedos más profundos, el lugar es diáfano y lleno espejos que reflejan mi silueta una y mil veces, desesperado, trato de correr hacia ningún lado, una y otra vez choco conmigo mismo, mi imagen nunca queda atrás, me veo tal cual soy en todo momento, desprovisto de dioses y de pueblo, sin hombre alguno que cante mi victoria, ese es mi verdadero infierno.
Despierto a media noche empapado en sudor. - Debo honrar a mi tierra, debo conseguir esa cabeza- Digo a mi mismo.
Sujeto con fuerza aquel amuleto onírico ofrecido por Eco, - Me quedaré con el recuerdo de esta tranquila fragilidad que nos reúne. Para ti, deseo que la voluntad y el gran poder del silencio guíen tus pasos - Fueron las palabras íntimas de la bella ninfa, pronunciadas mientras alejaba sus pálidos pies de mi cuerpo, volteó por última vez y me dijo:
- Acepto lo que me das, y respeto lo que no me des - . Su piel se veía tan suave y nívea que alteraban algunas partes de mi cuerpo y confundía mis ideas, mientras el viento mecía suavemente sus largos cabellos rojizos sobre los hombros, sus delgados muslos desprovistos de ropajes la alejaban de mi. Hubiese preferido que se quedase a pasar la noche conmigo, aun así, recordé mi principal misión y deje que su hermosa figura se perdiese en el bosque.
Esta noche el río de estrellas fluye sereno y eterno. La misteriosa luna rueda a través de un éter de suspiros, mostrando su brillo intenso, enseñándome el camino a seguir, mirando aquel espejo eterno y frágil, mis pensamientos se vuelven paso a paso más intensos.
Sé que pronto el fino hilo del destino definirá mi andar, ya sea para la victoria o, como las ninfas presagian, para la desgracia.
2
Pasaron cielos tan hondos como el mismo universo, sin embargo, este amanecer, como si el mismo destino o el azar, acumulando pruebas en mi camino, no hubiesen tenido otra voluntad, mis pies alados se conducen hasta dentro de una madriguera, presiento que ha llegado el momento de enfrentar mi fortuna, mi mirada busca ansiosa aquella figura hasta entonces desconocida. Luego de un largo camino de seguridades, esta mañana mis certezas desayunan dudas.
Mi padre ha creado en el cielo la estrella que guía mis pasos, pero ahora todo cambia, y la fortaleza solo puede transformarse en incertidumbre, una incertidumbre que llena cada espacio de mi cuerpo.
Dedico unos segundos a planificar el encuentro “Lo bueno de las ideas es que no sienten miedo” Digo en voz alta, casi como un presagio, casi como un auto convencimiento.
Concentro mis pensamientos en las mejores estrategias de guerra usadas milenariamente por los de mi estirpe, aun así, la fuerza racional no permite el paso a las fantasías, es sabido que ni los guerreros más feroces pudieron combatir aquel engendro insaciable de carne humana, de piel de acero y ojos tan encantadores que petrificaban hasta al más robusto ante la fuerza de su mirada (o al menos es lo que dicen los sabios). Hombres a los que ahora tengo la mala suerte de ver con mis propios ojos el miedo se ha quedado esculpido en sus pupilas, los rasgos endurecidos por su nueva condición, dejan a la vista las marcas evidentes del terror, cuanto más me adentro en esta madriguera carente de olores, más percibo la presencia de cientos de estatuas que yacen sin vida junto a mí, me encuentro al lado de los espíritus del olvido, intento recordar frases tranquilizadoras, pero solo puedo pensar en una cosa. El miedo no siempre tiene la apariencia del miedo.
¿Seré yo uno más? Al preguntármelo, siento como mi sangre se hiela, el miedo y la muerte están por todas partes. Mi corazón cae en un abismo, haciéndome sufrir de vértigo y ceguera, hago esfuerzos para volver en mí mismo y recuperar la visión.
Entro cuidadosamente, mirando mis pies con siniestra cautela, me atrevo a mojar las puntas de mis zapatillas en los pequeños charcos que había dejado el aguacero de horas antes. La cueva es inmensa, de techos corroídos por el tiempo escalofriantemente altos y sin vida, poco a poco me sumerjo es un silencio casi enloquecedor.
Estoy solo. Miro mis manos, tienen llagas, miro mis piernas, sangran por la fricción y fuerza con la que até mis zapatillas. Sin embargo un coraje absoluto se inyecta por mis venas, mi misión vence el miedo y cobra nuevamente sentido, han pasado muchas horas desde que el alba despunto. Una divina lucidez guia mis pasos hasta este momento, me sé fuerte pero no sabio, inteligente, pero no cauto. Debo dejar de pensar en las carencias de mi cuerpo y convertirme en estratega, necesito de toda mi condición para mi próxima labor, observo los alrededores. Las sombras comen mis pasos.
Silenciosamente me adentro más y más en la cueva, inesperadamente un suave atisbo de color, convierte las tinieblas en clara bruma y un olor a tierra deja una estela única en el aire. Con pasos cautelosos continuo sigiloso, existen partes de la cueva que dificultan la visión a causa de la poca luz, el olor a humedad se hace más y más intenso, los minutos se hacen interminables, casi llego a pensar que en esa cueva no se encuentra nadie mas que yo y la centena de estatuas petrificadas. Por primera vez pienso en dar vuelta atrás, volver a mi pueblo, vulgarizar el mito, o tal vez jactarme de una victoria inexistente, siento como mi cuerpo se distensa y crea, casi automáticamente, un esbozo de sonrisa, por segundos siento un fresco alivio.
Entonces la veo.
3
Oculta detrás de un par de estatuas petrificadas, una figura pequeña, hasta podría decir indefensa, su porte no pasaba el de un niño que no ha alcanzado la pubertad, estoy desconcertado, ¿cómo es posible que una figura tan insignificante causase tanto terror?
Acerco mis pies con cautela, recuerdo lo que nunca debo olvidar, “Aquellos ojos tienen la fuerza de matar a 1000 hombres de una sola mirada”, inmediatamente después de este pensamiento, nerviosamente cierro los ojos, giro mi cuerpo y continuo caminando ligeramente de lado, un leve temblequeo empieza a hacerse cargo de mis rodillas, procuro clavar bien los pies en el suelo, cada paso debe ser preciso.
Derrepente escucho una voz áspera casi imperceptible.
- Porque sufres tanto Perseo, ¿viniste a ofrecerme tu soledad en vez de la mía?.
Una brisa helada pasa a toda velocidad por mi espina, tan rápidamente, que por uno momento pienso que voy a desvanecerme, ¿cómo era posible que aquel engendro sepa repetir mi nombre usando un tono de voz tan hipnotizante?
Inmediatamente me detengo, una turbación violenta e incomprensible como las que aparecen en sueños deja mi cuerpo inmovilizado ante aquellas palabras.
- Es mentira que tenemos que cargar con cada cosa que hemos valorado en algún momento y con todo aquello que estuvo, pero ya no está- Dice la voz, de forma tan pausada que parece que arrastra las palabras, mis músculos se tensan con cada una, hasta casi dejarme inmovilizado. Decido parar por unos segundos y enfocar mi cometido.
- ¡Quién eres!- Grito, bien para espantar mis miedos, o bien para recibir respuestas.
- Estoy aquí desde la época de los sueños, donde todo lo que conocemos fue creado. No temas de mi, aprende a soltarte, la buena compañía es esencial, especialmente cuando se trata de los que entendiendo mueven el tercer cielo, los hombres son todos iguales, veo la codicia devorarles el vientre y el espíritu, pero tú eres distinto Perseo, no es la miseria la que mueve tus carnes, eres hijo de un Dios y deseo te quedes conmigo- .
- Conozco todas las honduras de la carne humana- Prosiguio -sus pecados, sus vicios, conozco a los hombres que no piensan y solo viven de ideas confeccionadas por otros, y de dolor confeccionado por otros, ¿acaso eres tu uno de ellos Perseo?- Fueron sus palabras acompañados de enigma.
Una energía nunca antes experimentada invade con dolor mi cuerpo, durante un instante y para alejarme del vértigo, dejo que la locura se apodere de mi lanzando un grito ensordecedor y sin pensarlo, siento mis piernas caer, y quedar con las rodillas pegadas a la piedra caliza que inunda la cueva, mis músculos dejan de responder a sus ordenes regulares, y poco a poco todo mi cuerpo se desploma sobre aquel suelo bañado en polvo de oro viejo, convirtiéndose en un doloroso enemigo.
- Tu, monstruosa serpiente!, que devoraste mi pueblo y mi familia, he venido a vengar mi sangre, he venido a matarte, he venido como hijo de los astros, ¡yo soy los astros!, he venido a hacerme con tu cabeza, de una vez y para siempre! Mi corazón palmita con la fuerza de los mares, en cuanto callo, la inmensidad de la cueva, hace que mis gritos sean solo un soplo de silencio. Mi figura colapsa y caigo desmayado.
4
¿Será que todo lo que veo o me parece ver no es otra cosa que el ensueño de un ensueño? No se medir el tiempo, no puedo advertir cuantos segundos, minutos u horas han pasado desde que mi cuerpo cayó. Estoy vivo por que tengo todas las particularidades de la mente. Ahora comprendo que la palabra destino ha optado por quedarme grande, y acompañando la lagrima que cae deliberadamente por mi mejilla, mentalmente me despido de los míos.
¿Es esto todo lo que las horas corrosivas han hecho conmigo? ¿Todo lo que el destino ha deseado para mí?
- ¡Aquí estoy!, ¡Defendiendo mi libertad y la de mi pueblo! - Grito convencidamente, tirando mi escudo hacia la nada, luego susurro tan despacio que casi parece que hablo para mí mismo, cómete esto engendro, y sueña con que has matado al único hombre que te pudo liberar de la maldición, porque con las vidas que te has llevado no te das cuenta que has perdido la propia. Al causar tanto dolor, los dioses te han devuelto las monedas de plata convertidas en maldición eterna, que ese sea tu suplicio.
Yo muero con la dignidad que los dioses me han enseñado desde niño, moriré no por tus ojos ponzoñosos donde habita un rencor antiguo, donde alguna vez, en un ayer del tiempo fuiste víctima de otros hombres. Vengo a inmortalizar mi nombre y el de los míos, por que así marco yo mismo mi destino. Comete mis palabras y sueña con que has matado al mejor hombre.
La mujer se traslada en forma de fuego, de tempestad, alcanzo a oír un grito desgarrador desde muy cerca. – ¡No!, he esperado por el hijo de los dioses desde tiempos inmemoriables, desde los aires he velado por ti, esperado que vengas en busca mía, esperando a que rompas el maleficio y finalmente des paz a esta alma atormentada por los dioses, deja que te mire, deja que tu alma se convierta en la mía. No hay entre los hombres uno solo más frágil y más vulnerable que el valiente, necesito de tu pureza-
Apretando aún más los párpados, solo puedo negar con la cabeza, con la punta de los dedos toco el talabarte y desenvaino mi espada.
– No pretendas lavar tus pecados con mi sangre, tu tormento será eterno, ese es tu destino- Dije enérgicamente.
Y con un movimiento casi mecánico pase limpiamente por mis entrañas la plateada navaja, sabiendo que de esta forma terminaba con mi vida, y también, de la misma forma, con la suya.

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