Así fue.
1
La ansiedad ancestral de mi memoria, escasamente recuperada, me había sugerido estar en busca de algo. Habían sido meses difíciles, había perdido algo que la gente por definición, no debería perder. Llegaba el día a su fin, y el cielo se mostraba obscuro como nunca antes. Imprudente, marchaba ávido el pie izquierdo delante del derecho, a orillas de lo que imaginé formaba un lago. Repuse descansar unos minutos a causa de la sed y el cansancio. Sentí la brisa fresca sobre aquellas aguas, la sensación causaba escalofríos. Entonces, vi una línea imperfecta de luces reflejarse en aquel cúmulo de líquido, se movía lenta, casi imperceptible. Después de mis ojos acostumbrarse a la poca luz, acerqué el torso en dirección al reflejo, e intrigado di cuenta que mis percepciones distorsionaban las sensaciones del silencio en vilo que guardaba aquel lugar. No se trataba de un lago, si no de un gran lodazal.
- Curioso lugar para reflejar y dejar brillar estrellas- Pensé.
Ya que se me caen las cosas de los bolsillos como de la memoria, y las imágenes a causa del tiempo se tornan un tanto borrosas, no recuerdo el orden cronológico de los acontecimientos, pero, en algún momento de la noche, antes o después, una persona acercó sus pasos hasta quedar muy cercanos a mí. Dijo que su nombre era impronunciable y no valía la pena mencionarlo, me pidió que la llamase como quisiese, entonces se me ocurrió llamarla Ione.
Se sentó al lado mío y guardó silencio. Pasó su brazo por delante, rompiendo la armonía con que la noche empezaba a adueñarse del espacio y ofreció bebiese de su cuero, lo cogí con las dos manos, asomé mis labios hasta la estrecha apertura con ganas de llamarse boquilla. Una especie de agua color tierra, tímida, empezó a fluir lenta por entre mis recuerdos, cuando le hice el comentario, mostró molestia.
- Menos mal que la mente viaja sin boleto por entre los recuerdos - Me dijo.
No supe qué responder, se hizo un silencio incómodo, al menos para mí, me encontré haciendo una radiografía sin sentido de la situación, entonces comenzó:
- Todo laberinto tiene un minotauro. Pronto entenderás, que a las primeras luces desvanecen las ganas de sufrir, y que a veces el viento inevitablemente cambia de aire.
Quedé sin palabras, aunque sentía que aquella sentencia tocaba mi ser de forma consistente y profunda, de repente, un tajo de humedad atravesó el espacio de mi rostro, y sin pensarlo dije.
- Se me rompió el corazón de tanto usarlo.
- No fue eso – respondió. - Solo que los Dioses estaban mudos -
Mordido por sus palabras, pensé en ponerme a la defensiva, en un segundo pensamiento, reflexioné y entendí que mi realidad construida, no era más que una mentira bien contada por mí mismo; sentí ganas de llorar, y oculté la cara entre mis brazos.
Con ansias, escapaba de mi dolor en busca de respuestas, y sin embargo era insoportable encontrarlas.
Aquella mañana había despertado consciente del dolor que me causaba la situación, irremediablemente escrita a fuerza y pulso por la vida. Había pensado en caminar hasta que dejara de doler, caminar para alejarme de la remembranza, caminar para sanar, para que el silencio esconda la mayoría de las palabras que se quedaron ensartadas entre mis cuerdas vocales, de lo innombrable que puede llegar a ser la desilusión. Entonces arribé hasta aquel lugar, mágico e inexorable.
2
Las montañas, como nunca antes constantes y taciturnas, me enseñaban a dejar atrás la piel y los recuerdos. Adiviné a Ione como parte de mi solución y nuestras voces poco a poco quedaron absorbidas por la obscuridad de la noche. Con la intensidad que solo las promesas prometen, decidí despojarme de mis miedos, y paso a paso fui disolviéndome en aquel mundo mágico.
No recuerdo cuanto tiempo transcurrió, llegamos hasta aquel valle, lo recuerdo como si lo estuviese viendo ahora mismo. Al principio, se presentó indistinto a otros, pero al cabo de unos minutos, escuche como el tiempo y el espacio debatían libres; mostrándose vanidosos uno con el otro, conscientes de la insoluble conexión eterna que les ateñaba, pretendían dilatar la importancia de uno frente al otro. Agudicé mis sentidos para así poder amplificar las palabras, esto fue lo que alcancé a oír:
- Tiempo: En la memoria colectiva somos las palabras que cuentan lo que somos.
- Espacio: Únicamente dentro de la jaula invisible.
- Tiempo: Las jaulas dejan de tener importancia en el momento en que dejan de significar, yo me encargo de cambiar los significados en el transcurso de los siglos, yo me encargo de significar el significado del espacio.
- Espacio: El tiempo no sería nada sin el espacio, nada de lo que existe en el universo es temporal o atemporal, existen varios tiempos dentro de uno sólo, o ninguno dentro de varios, todo se resume en existencia, todo se resume en espacio.
- Tiempo: Mira tú espacio, mira bien lo que has creado como verdadero, porque segundo a segundo deja de existir, y lo que es, dejara de ser, digerido por el eterno bucle cósmico. ¿Y tienes las agallas de asegurar estar en todos lados? Que eres si no un masa desacostumbrada al movimiento, inherte. Buscando vehemente atisbos de vida.
- Espacio: Mira en que te has convertido, no entiendes que la única forma en que lo que transcurre tenga sentido depende de mí?
La luz de la luna sangraba irremediablemente bañando nuestros hombros. Llegamos delante de una choza con paredes de adobe y techos de paja, en cuya puerta colgaba un pequeño letrero PROHIBIDA LA ENTRADA A LOS SIN SUEÑOS, decía. Ione y yo nos miramos con mueca poco graciosa y decidimos acercarnos hasta la puerta de entrada.
Una vez dentro, me di cuenta de que la primera parada se trataba de la casa de los sueños, las paredes albergaban alrededor de cien estanterías, todas ordenadas simétricamente en filas de a dos, todas repletas de frascos de vidrio, la mayoría de distintos tamaños, formas, y colores. Quedé unos momentos observando aquel lugar, no recordaba haber estado en ninguno igual, y a la vez, se me hacía perfectamente familiar. Uno de los frascos llamó mi atención, en cuanto asomé mi rostro, decía:
“POCIMA PARA SOÑAR SUEÑOS”.
Sin dudarlo, destapé aquel frasco color naranja y bebí el líquido agridulce que llevaba dentro.
3
Desperté sin despertar en medio de un enorme sillón de terciopelo color rojo, me sentía aletargado, al ver hacia los lados, comprendí que no se trataba de un mueble cualquiera, sino de todo el espacio por mí concebido. Me restregué los ojos fuertemente con el borde de mis dedos, volví a abrirlos, esta vez, encontrándome con una fila de sueños en frente. Hacían una fila infinita para ser soñados, algunos se veían pequeños, como si fuesen nuevos o livianos, otros, tenían más forma como si se tratasen de sueños largos, otros parecían preocupados. Comentaban entre ellos que a las personas ya no les interesaba soñar con los seres queridos, ni siquiera con los apreciados o desaparecidos, y eso sin duda les preocupaba. Aquel lugar había sido creado justamente por y para eso, el recuerdo y la sensación de amor universal. Quedé pensativo sobre ésto último, recordé la magia de soñar con las personas que amas, especialmente con las que ya no se encuentran contigo, quise arañar aquel recuerdo unos momentos.
Sentí pena al percibir aquel cuchicheo de los sueños adoloridos, forzados a fabricar un mundo liviano y plastificado para los que sin suerte, viven a la sombra de sus propias sombras. Vi la intensidad en sus rostros, maltratados por sus portadores, decían que su mundo se había ensombrecido, que no tenía tantos colores como antes y que cada vez era más difícil satisfacer lo que exigían los soñadores, aún así, animosos seguían cumpliendo su labor.
Fue inevitable respirar hondo por ellos. Quiero destacar que no sólo se les mandaba sueños a los humanos, sino también a los animales y a las plantas, oí decir a un sueño que pasaba apresurado al lado mío, que, hacía varias semanas, se buscaba sueño para complacer a una pulga que no hacía más que querer soñar con comprarse un perro. Había crecido en una alfombra felpuda, y alguna vez había visto uno que otro animal cruzar cerca, por lástima, la vez que trato de acercarse y encaramarse a uno de los animales, un fuerte olor a veneno la echó para atrás y casi la mata. Desde ese día resignada desea soñar con un perro para darle fervientes mascos que sepan a gloria.
Casi a la mitad de la fila de sueños, observé a uno algo mayor, un poco encorvado y aferrado a un bastón hecho de alas de mariposas; silencioso me acerque hasta el a preguntarle qué tipo de sueño traía consigo, me dijo que esperaba encontrar un soñador que se contentase con lo que ofrecía, al preguntarle de que se trataba, me miró fijo a los ojos, y me sonrió. – Sonrisas - Dijo. – Lo único que puedo ofrecer son sonrisas.-
Los demás, algo o mucho más jóvenes, desesperados por ser elegidos, se ponían en forma y comían sano para ser placenteros, largos, vividos. En ese lugar había de todo, hasta vi como dos sueños hacían trueque de elementos, a uno que no le gustaba mucho los días lluviosos, decidió cambiarlos por flores, ya que el sueño de las flores, seguramente necesitaría un poco de agua, y al de los días lluviosos, no le vendría mal algo de color.
Una vez que eran elegidos por el sueño mayor, tomaban el primer taxi y apresurados se marchaban a su destino. Un día, corrió la voz de que, un sueño, a las pocas horas de haber partido, volvió con su sueño roto en varios pedazos, diciendo que los atardeceres bonitos ya no formaban parte de un buen sueño. Esta terrible verdad me causó un toque de melancolía.
Aún así, me gustó aquel lugar, me sentí libre, me entusiasmó la idea de vivir en aquel mundo de sueños. Volví a sentarme sobre el terciopelo rojo, plácido cerré los ojos y me quedé dormido.
4
Desperté fuera de la cabaña que había perdido su letrero, asomándome a la puerta, pude ver que nada quedaba dentro. La luna rápidamente desapareció, y con ella la anestesia onírica. Con ojos nerviosos busqué a Ione y le escuche decirle a lo lejos.
- Los destinos son eso DESTINOS, y el destino de los sueños es ser soñados.
- ¿Cuánto tiempo serán soñados?- Pregunté de forma automática.
- No se trata de cuanto, sino de cómo- respondió.
Su respuesta cohibió mis ganas de seguir preguntando y preferí la sabiduría del silencio. Seguimos caminando por algunos minutos más, entre tanto, una vertiente emanaba a nuestro costado, sediento, acerqué mis manos hasta el líquido que brotaba del vientre de aquel cerro; cuando lo toqué, vi que en realidad no lo tocaba, y que aquello no era más que una ilusión. Volví a pensar en mi realidad construida y me eché a reír incontrolable, al parecer, Ione tenía la capacidad de leer mis pensamientos, y empezó a reír con las mismas ganas.
Hubo un momento donde nuestras carcajadas se volvieron una, y decidimos callar para poderlas escuchar con mayor claridad.
Por un tiempo, o un espacio más, seguimos caminando. De pronto, a lo lejos distinguí una construcción, nívea como la nieve, clara y perpetua entre la sombra de los cerros, sin mediar palabra, nos acercamos hasta ese lugar.
5
Adentrados en aquel santuario, encontramos un lugar de luz tan cegadora como la obscuridad. Al acercarnos unos metros, pude distinguir un tipo raro de humanos, de estatura levemente mayor a la normal, que en las manos. Llevaban pantallas pequeñas con teclado incorporado, y las usaban para comunicarse con ellos mismos y con el resto de su especie. Lo que llamó más mi atención, fue ver que la simetría de sus rostros no era interrumpida por masas oculares, únicamente mostraban leves hendiduras en su lugar. Algunos de estos seres, tal vez poco más astutos que el resto, pintaban de colores llamativos contornos redondeados en dichas hendiduras, y andaban por ahí pavoneando tales encantos. Empezamos a movernos entre ellos, sin embargo parecían no darse cuenta de nuestra presencia.
Me sorprendí al darme cuenta que el lugar donde nos encontrábamos se trataba de una maquinaria, un monstro inmenso hecho de gigantescas piezas de metal, vapor y excremento. Habíamos entrado por la grieta de uno de sus engranajes, mezclándonos inevitablemente con aquel mar de humanos sin ojos. Al observar las paredes, pude percibir la cantidad de grasa que se desprendía entre diente y diente de engranaje, y como la producción de ideas que algunas máquinas procesaban, era masticada de forma voraz e incontrolable por aquel mecanismo dominante.
Sentí temor estando frente a esta nueva raza de humanos sin ojos. La idea de no ver erizó mi espina hasta causarme un leve dolor de cabeza, medité en la posibilidad de ser uno de ellos, y haber tenido la maldita suerte de darme cuenta que no tenía ojos Hubiese preferido nunca saberlo, hubiera preferido ser uno más. Con movimiento automático lleve la mano izquierda sobre mi rostro y sentí un alivio eterno. Volvió a mi memoria el mundo de los sueños, por segundos lo extrañé. Al seguir el camino por el que andaba, topé con un humano sin ojos muy cerca de mí y me resultó dificil cruzar palabra, sin embargo este, hizo énfasis en mostrarme un letrero que decía:
“PROHIBIDO ALTERAR LA EQUILIBRADA CEGUERA”
Me impresionó la exactitud con que, sin poder ver, dirigió sus dedos hacia aquel letrero, todos sus movimientos eran netamente automáticos. Caminé sigiloso en medio de aquellos cuasi humanos-mutantes-zombis, incrédulo, los observaba aglutinados unos sobre otros, todos muy juntos, aunque muy distantes a la vez. Tenían los dedos largos como garras, y cada vez que respiraban soltaban un singular olor a apatía.
Al adentrarme poco más, llegué al centro de la maquinaria, apoyé mis brazos en una baranda y volteé mi cuerpo para ver qué era lo que se encontraba por debajo. Observé unos humanos sin ojos algo más pequeños que los que habitaban en la parte donde yo me encontraba. Calculé que más o menos estaba situado al medio de la maquinaria que estaba compuesta por esferas, crecían porcentualmente de abajo hacia arriba, muy parecidas entre sí. Los que habitaban en las divisiones debajo de la que me encontraba yo, se veían un poco más pálidos, seguramente por la falta de oxígeno, que también mis pulmones empezaban a extrañar. Aparte de pertenecer a la misma raza de los sin ojos, también habían perdido o quizá nunca tuvieron labios ni boca, es decir, sus narices se extendía hasta el borde de las quijadas, habían sido eximidos no solo de ver si no también de retórica, y estaban condenados a oler excremento y grasa. La putrefacta gran máquina ejercía una presión gravitacional inevitable, única forma en que pudiese operar.
De un momento a otro la falta de aire fue inminente, me asfixiaba sin siquiera notarlo, mis pulmones colapsaron. La vista opto por nublarse y la piel de mis labios tornaron hacia un violeta peligroso, el corazón empezó a bombear ávido de espanto, suerte que Ione llego para salvarme, sopló suavemente en mis ojos, y percibí un olor a incienso y descanso.
Extenuados cuerpo y espíritu, caí rendido ante sus pies, me levantó suavemente con la punta de sus dedos, casi sin tocarme.
6
Al despertar estaba en posición fetal, abrazado fuertemente a mis piernas, había empapado mis ropas de sudor; sentí un frio glacial, aunque el sol brillaba fuertemente en lo alto del cielo, llevaba puesto un agudo dolor de cabeza, mis sienes iban a estallar, había vuelto al lugar donde por primera vez encontré a Ione, mejor dicho, donde por primera vez me encontró a mí.
Aún así, el lugar era casi irreconocible, a diferencia, me sentía en paz, ahora el tormento se dejaba llevar con las notas de aquel viento. Me senté unos minutos a meditar sobre el por qué de aquellos sueños, sonreí ante la levedad de mí ser. Quise compartirlo con Ione, pero se había ido. Busqué rápidamente con los ojos, sentí una profunda pena, posiblemente no volvería a verlo, me sentí perdido, desamparado, tuve miedo de que la paz se evaporase, que haya sido igual de fantasiosa que los sueños. Dos lágrimas gigantes cubrieron mi rostro, las cogí antes de que resbalasen por el borde y cerré los ojos con fuerza. Al cabo de pocos segundos mis músculos se destensaron, ya no sentía miedo de abrirlos. Milímetro a milímetro, una luz cálida y brillante bañó mi alrededor, respiré profundo y comprendí que el verdadero aprendizaje no es compartido, más bien se queda con uno. Una vez abiertos los ojos de par en par, en vez de encontrarme con el lodazal reflector de estrellas, mis ojos tropezaron con aguas cristalinas.
Una vez más, extrañé la presencia de Ione, sentí que no lo volvería a ver, al menos, no por ahora.
Opté por sentarme en la orilla de aquel lago, sentí mi cuerpo purgado, librado de vicios y más simple que nunca.
Mi maestro sabe, mi maestro entiende, mi maestro soy yo. La magia de los sueños y la ceguera vive en mi, y la verdadera magia no está en llevarla dentro, si no darse cuenta de su existencia. Comprendí la necesidad de ver luz y dejarme arrastrar por caminos nuevos o pasados inciertos, entender que no existe el bien o el mal como tal, si no, la mera consecuencia de los actos.
- Intentaré ser sueño, intentaré ser luz– Repetía inmerso en una especia de trance espiritual.
Levanté mis pasos, los sentí infinitamente más livianos y seguí mi camino.

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