“Oí decir que los ríos fluyen su cauce de una edad a otra, y las historias del mundo transcurren en su orilla, nunca quietas, más bien, llenas de movilizador sentimiento.”
Albatros
Los cielos despejados daban un brillo singular a las aguas de la mar aquella mañana, habían sido kilómetros los que recorrí para llegar hasta ese lugar. Algo en el me atrajo como ningún otro, el sonido que las olas causaban al estrellarse contra las rocas me producía una sensación de satisfacción parecida a la que producen los cantos de los vientos en el desierto, aunque estos fuesen demasiado efímeros como para poder disfrutarlos plenamente.
La orquesta dirigida por la fuerza de millones de moléculas de agua, sal y vida súbitamente callaba, dando paso a la siguiente, siempre con transiciones desesperantemente cortas y repetitivas. Me hubiese gustado retener los sonidos por más tiempo, entonces, sentí rabia, pensé en atacarlas con el pico y garras, pero, ¿era posible atacar algo tan hermosamente fugaz?
Recordé mi forma más primitiva, alargando las patas al viento, pensé en lo curioso de mi existencia, cuan maravillosa resultaba mi fisonomía surcadora de espacios abiertos e infinitos. Los cielos azules se abren inmensos ante mi soledad, soy un ave solitaria y afortunada.
2
En lo alto, donde el aire deja de ser tibio y se vuelve, a cada centímetro que uno sube, más y más vivo, observé como la montaña despertaba de una aletargada noche de verano, sonreía y extendía cada uno de sus árboles, sus ramas, valles y pequeños senderos. Parecía un gigante que desprendía vida por sus poros, una masa perfumada de fino verde que inundaba de color el paisaje más perfecto que mis ojos nunca habían visto. En algún momento, vi como sin prisa aquel manto verde desayunaba rayos que el sol tímidamente despuntaba en el horizonte, y que, de forma seductora, hacía brillar sus colores verduzcos con intensidad.
Observé como el sol cubría a la montaña poco a poco, como la montaña dejaba ser acariciada suave pero constantemente. Fue increíble descubrir el placer del sol al hacerlo.
Sentí curiosidad y le pregunté al viento su historia, me contó que se habían encontrado en aquel lugar miles de años atrás, habían vagado por siglos antes de aparecer destinados ante la sigilosa casualidad que suele estar acompañada de encantos. Quedé unos momentos observándolos desde lo alto, desde mi ráfaga preferida. El eterno romance era perfecto, tan perfecto que creo haber dejado de respirar por unos segundos.
Deslicé mis alas al viento, las extendí infinitas, sintiendo cada pluma, cada movimiento. Saboreando la sensación a sal que llevaba el aire, y sin más decidí caer, no por la inminente necesidad de vértigo que constantemente me invade, más bien por la sensación de felicidad que le precede.
¿Es que acaso se puede encontrar una salida a lo inevitable? Si ha de sucederme algo… Prefiero estar dispuesto.

Comentarios
Publicar un comentario