Mire en tus ojos profundos, encontrándome con aquello que nunca antes había visto, y que sin embargo imaginé extrañamente familiar. Fue aquel día que volamos… ¿Lo recuerdas? Tú vestido de negro y yo vestida de ti.
No supe qué decir, arrimaste tu cuerpo decidido, atravesando y reconstruyendo mi cuerpo. Sentí como tu tacto retumbaba sordo en un silencio profundo, un silencio donde el sentimiento se cruzaba con la satisfacción del alma tuya, que perfectamente había estado esperándome. Sin más, caí profunda, profunda y feliz, profunda y plena.
No sé si fuiste tú, o fue la indeleble sensación que plasmaste en mí, recuerdo haber sonreído con el corazón, recuerdo perder la conciencia y disfrazarlo de nerviosismo.
Tu fuerza, acompañada de un aliento embriagador y delicadas manos, brotó como un manantial, advirtiendo que quizá fuiste y no fuiste, tiempo antes de llegar a esta vida.
Cuando en cánticos y susurros recuerdo aquel día, el sutil violáceo tus alas regresa a mis oídos, las recuerdo tendidas y desparramadas al sol, tan hermosas y simples, tan puras y llenas. Las mías, mis alas, aún no germinaban, al sentirlas bajo mi piel, volteaste de forma instintiva y con halo mágico hiciste aparecer la primera pluma, la sensación me asustó, nunca las había visto, ni tenido conciencia de su existencia invisible.
De forma casi mágica y movimientos de mano circulares, las fuiste revelando una a una, sin prisa pero sin descanso, tan pequeñas y simples se veían, rozaste con ellas tus labios por primera vez y las sentí estremecer, inmediatamente tornaron su color níveo y pequeño en fuego e intensidad y su fragilidad en resistencia.
Recuerdo nuestro primer vuelo como si fuese ayer, los imprecisos giros se precipitaron a nosotros y caímos irremediablemente, sonrojé mis mejillas y no quise mirarte, tengo que reconocer que me costaba mirarte, tengo que reconocer que al igual que ese primer vuelo, todavía me cuesta.

Comentarios
Publicar un comentario